martes, 29 de noviembre de 2011

De vuelta



Las noches con el Maestro siempre suelen ser… únicas. Hasta las noches de fracaso con él son geniales, supongo que es una de las ventajas de pasearse por el barro de la mano de una de las personas que más quieres en el mundo, ¿no?
Así que me insistió en que saliéramos, porque hacía muchísimo que no nos escapábamos solos los dos, y me aseguró, como siempre, que valdría la pena. Sinceramente, han pasado muchos días ya y no recuerdo los detalles, no sé cómo iba vestida ni donde cenamos. Pero me acuerdo de él.
Una nueva y más que interesante adquisición. R. es muy guapo, de una altura perfecta, la musculatura ideal, discreto, atento, amable y huele… no sé de manera especial.
Sí que me acuerdo q habíamos quedado con él en nuestro antro de depravación, que el Maestro se lo había estado trabajando días antes y que habíamos quedado en mi casa para mostrarme por la web –sino no se creen que existes-, esto también me lo dice mucho mi profesor favorito. Así que primero le hicimos sufrir un poquito, lo justo y necesario para escanearlo desde la otra parte de la barra y asegurarnos de que nos iba bien. Y nos encajaba a la perfección.
Me encanta cuando los hombres se quedan cortados, les cuesta contestar y sonríe y o se ríen nerviosos. Me encanta porque se presupone que tengo que ser yo, la más joven, la mujer, la que debería sentir cohibida pero no suele ser así. Aunque tengo que decir, que el Maestro siempre consigue hacerme sufrir un ratillo, siempre me saca los colores, consigue entre la vergüenza soltando alguna de sus barbaridades. Y él siempre me dice, solo para chinchar, que parece mentira que con el carácter que tengo en la vida real me corte en situaciones que, obviamente, no me superan. Pero él siempre consigue que acabe ruborizándome y que, una vez más como casi todas las noches, le diga que no me da vergüenza que solo necesito un poco de calentamiento.
Pero es parte de nuestro juego, parte de nuestra obra, el primer acto. Pongamos nervioso al artista invitado y saquémosle los colores a la protagonista de la función. Pero a mí no me importa interpretar un preludio muy similar noche tras noche de barro porque es lo que el Maestro quiere así que, así sea.
Insisto en que han pasado muchos días, cuando el calor era insoportable y todo el mundo, menos yo, el maestro y el nuevo, estaban de vacaciones. Recuerdo que nos metimos lago de mano en los sofás de fuera, pero de forma bastante pudorosa, R todavía estaba nervioso. Así que fui yo quien dijo de meternos dentro. Y ahí empezó todo.
Recuerdo instantes, momentos aislados a los que no sé cómo llegamos. Pero le recuerdo buceando entre mis piernas, comiendo el coño con una fuerza que me encanto; recuerdo que era la mano del Maestro la que sujetaba su cabeza indicándole cual tenía que ser su labor.
Sé que se la chupe a los dos, soy consciente que estuve agachada en el suelo en medio de los dos alternando un miembro con el otro en mi húmeda boca. Escuchando los jadeaos de antes.
Pero lo que viene a mi cabeza varias veces al día es el recuerdo de R. penetrándome a cuatro patas, taladrándome las entrañas con una vehemencia brutal, mientras mi boca intentaba encargarse del Maestro, cosa que le resultaba bastante complicada por culpa de la velocidad y la intensidad de sus embestidas; oyendo sus jadeos y el retumbar del sonido de la cama contra la pared, mezclándose sus gritos con los míos, gritos y más gritos provocados por sus embestidas, la fricción de mi clítoris, las ostias que resonaban en m i trasero y la voz del Maestro susurrándome barbaridades . Había ratos que pensaba que me iba a romper, a desgarrar por dentro, había instantes en que sentía a la perfección todas las terminaciones de su miembro acoplándose a mí. Sentí esa sensación tan única como magnífica que solo se consigue cuando te corres, cuando despegas y te partes en dos. Me corrí después de semanas sin hacerlo y pasaron semanas después de que volviera a ocurrir. Pero fue magnífico, impresionante, me quedé exhausta tendida en la cama, empapada en un sudor mezclado, aguantando sus embestidas que parecían no tener fin.
Se corrieron los dos sobre mi pecho, uno detrás de otro, mientras yo no paraba de reír casi sin poder creerme que, por fin, me había corrido, que mi orgasmo no había desaparecido, que sólo está escondido, latente, agazapado, esperando a ser despertado.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

La misma puta piedra...




Yo me prometí a mí misma, al principio de unas fiestas más bien caóticas, que nunca más, que me permitía cometer dos veces el mismo error pero tres no, que ya estaba harta de que sólo fuera cuando él quisiera, como él quisiera, donde él quisiera. Así que me dije, a mi misma (y a mi amiga que la llame a la otra parte de Europa a las tantas de la mañana) en mitad de una buena borrachera, que NUNCA más o que si era otra vez sería solo como yo quería que fuese.
Pero el Rubio me puede, literalmente hablando, es superior a mis fuerzas. Me puede, solo mirándome con esa cara de cerdo obsceno que tanto me gusta.
Supongo que es la confianza, el saber que a él le puedo pedir todo porque me lo hará y, sobretodo, no se escandalizará de nada. Pero lo mejor es que no necesito pedirle nada porque no me da tiempo, lo hace antes de que abra la boca.
La verdad es que es relativamente sencillo de manipular; un vestido ligeramente pijo, unas medias con ligas, una mirada por encima de las gafas llamándole de usted y lo tengo comiendo de mi excitada mano.
No me dejó ni dejar las llaves en el cerradura de casa; de hecho me subió la falda en mitad de la calle así que era obvio que no podía esperar. Ni me quitó el vestido, ni me bajo las bragas, me dio la vuelta, me arrancó el cinturón, volvió a subirme el vestido y me penetró sin compasión con esa polla que ya había sido más que humedecida en el ascensor. Sin parar, sin compasión, estrangulando mi cara contra el gotéele frío de la pared del pasillo mientras yo tiraba al suelo el bolso, las llaves, y cualquier mierda que pudiera interferirse en el camino entre yo y el orgasmo tan sumamente deseado.
Le rogué que fuéramos al salón pero ni siquiera llegamos al sofá. Acabamos follando en el suelo como animales, como perros cachondos incapaces de controlarse; acabamos follando en el suelo apoyados en el puf rojo que me hacía de asidero. Todo a oscuras con la luz del pasillo iluminando lo justo nuestros rostros, la verdad es que ya no necesitamos vernos para  saber lo que siente el otro. Salió de mi coño para violarme la boca, ya me lo había advertido “quiero violarte la boca y el culo y el coño, te voy a violar por todos sitios” Y así lo hizo, sus advertencias no sirvieron de nada. Metió todo su miembro en mi garganta, entrando y saliendo sin pudor, sentí perfectamente como su falo duro y erecto se restregaba contra mi boca, mi lengua, mi paladar, por todos sitios, casi me costaba respirar. Así estuvimos hasta que decidió cambiar de postura. Salió de mí y me levantó para tirarme contra el sofá y tumbarse encima de mi volviendo a penetrarme con la vehemencia que le caracteriza y añadiendo un extra más.
Ahora nos ha dado por mover la línea un poco más lejos, por dar un paso más en lo estadísticamente incorrecto, por jugar un poco más duro.
Me puso las manos en el cuello y apretó con la suficiente fuerza como para que no me ahogara pero sí que sintiera esa falta de aire que hace que tus sentidos, no sé, se incrementen, aumente, que hace que el placer sea más intenso, más salvaje, más fuerte, más peligroso. Me ahogaba mientras me penetraba, mientras yo estimulaba mi clítoris e intentaba gritar de placer, mientras miles de microscópicas y esponjosas partículas corrían por mi cuerpo produciendo pequeñas oleadas de placer. No sé cuanto rato estuvo así, sé que, de repente cayó agotado, se desplomó sobre mi cuerpo todavía vestido y, prácticamente se durmió sobre mi cuerpo. Pasó un tiempo, no sé cuanto, con el siempre pierdo la capacidad espacial, y cuando me desperté le arrastré hasta la cama completamente dormido.
Y me volví a quedar dormida y exhausta en los brazos de mi rubio favorito, otra cosa más que me prometí que no haría, supongo que son promesas que no valen nada.
Por supuesto, y por no romper con nuestra tradición, le desperté al punto de la mañana con una de mis mamadas, de esas con las que farda delante de sus amigos, de esas lentas y babosas, de esas profundas y húmedas. Así hasta que se despertó del todo, me dio la vuelta cerró mis piernas y, haciendo los malabarismos que tan bien conoce, me penetró con fuerza, dejando el espacio justo entre mi cuerpo y el colchón para que pudiese deslizar mi mano hasta mi inflamado clítoris. Y otra vez, sin pedirlo ni tener que insinuarlo, pasó su brazo alrededor de mi cuello y volvió a apretar otra vez lo justo, provocando ese placer único que sólo la mezcla de instantes magníficos, puede provocar. Sus embestidas, el masaje salvaje de mi clítoris, su brazo oprimiéndome el cuello impidiéndome respirar, el rebotar de la palma de su mano contra mi glúteo enrojecido, el retumbar de sus gemidos en mis oídos, la falta de aire. Un compendio magnífico que hizo que, una vez más, acabara rendida a sus pies.
Porque él me puede y lo sabe, por eso hace conmigo lo que quiere. Me volvería a prometer que no volverá a pasar pero sé que sería una promesa insulsa, lo único que puedo prometerme es que no… no sé que puedo prometerme.

viernes, 18 de noviembre de 2011

De vuelta




No me he muerto, no he desaparecido, no he dejado de existir, no me he escurrido por el sumidero de la ducha, ni me he desvanecido en el aire.
Simplemente quería dejar de mentir en mi mente virtual como miento entre mis sábanas.
Mi orgasmo se ha perdido; no lo encuentro por más que lo busque. Creo que está enterrado debajo de montones de nervios, ansiedades, bullings de supervisoras zorras, ralladas, incapacidades y falsas promesas de todo tipo.
Supongo que estará invernando, latente, dormido; solo espero que no esté agotado, que no se haya escapado irremediablemente.
Volverá, todos dicen que volverá.
No será porque no lo busque, no será porque no lo intente.
Nuevos, viejos, reciclados amantes y solo dos han conseguido que me parta en dos, que emprenda ese viaje que tanto anhelo.
Pero sigo saliendo y entrando, haciendo y deshaciendo porque el que no busca no encuentra nada de nada, ¿no?
Así que este es el inicio de la nueva era de mi mente virtual. Espero no quedarme en blanco…

domingo, 26 de junio de 2011

V.





Hace unas semanas, creo que tres, el sábado salí con ganas de follar pero segura de que no iba a hacerlo.
Como es habitual en mi vida, volví a equivocarme.
No era la primera vez que lo veía y reconozco que me había llamado la atención pero sin hacerle mucho caso la verdad.
Como es habitual en mi vida, volví a equivocarme.
Resulto que V. era muchísimo más interesante de lo que vendía. Hacía mucho que no me encontraba con una polla así (sin contar la de chocolate, esa no cuenta), tan perfecta, tan grande, tan ancha, con un olor perfecto, la textura perfecta y un sabor exquisito.
Me encanta que me follen así, que me vacilen, que jueguen, que se rían conmigo, que sea distinto, salvaje, fuerte, duro. Y V. cumplió eso y mucho más.
Me tiré encima de él en el sofá de mi casa, aplastando su tórax con mi pecho, besándolo con fuerza, mordiéndole la boca, refrotándome contra su cuerpo. Sintiendo como me humedecía por segundos. Se giró, hizo que acabáramos en la postura contraria para poder ser quien controlara la situación, para sentarse en el suelo junto al salón y masturbarme con fuerza, estimulando mi clítoris con fruición, mientras me penetraba con sus dedos con fuerza y me mordía el labio y me gritaba que quería oír cómo me corría. Y eso hice, gritar como la loca que soy y me considero mientras me cuerpo se partía en dos empezando un viaje increíble.
Cuando me recuperé y volví a sentir la gravedad en mi cuerpo, le hice sentarse y me arrodille frente a él a chupársela como sólo yo sé, mientras él me retaba a que llegara más al fondo, cosa que hice.
Arrastras y como pude me lo lleve a la habitación porque no podía más, porque necesitaba que me follara, necesitaba sentir esa polla dentro de mí, taladrándome las entrañas, estirando mis músculos.
Se tiró en la cama y me dijo que esa era mi polla que hiciese con ella lo que quisiera, cosa que hice. Porque me lo follé como me  dio la gana, despacio al principio metiéndomela hasta el fondo para sentirla entera , con fuerza después chocando mi cuerpo contra el suyo con una fuerza exagerando, provocando ese ruido magnífico que emite la fuerza de los golpes, gritándole en la oreja, mordiéndole el hombro con fuerza mientras él me pedía que le mordiese más fuerte, sintiendo como me golpeaba las nalgas, suponiendo mi trasero rojo por los azotes, clavándome en su cuerpo, ensartándome, agarrándole las muñecas por encima de la cabeza, dándole bofetadas en el pecho y en el rostro, sintiéndome la dueña del mundo la mujer más poderosa del mundo. Cuánto rato estuve follándome esa polla y ese cuerpo maravilloso; no lo tengo claro, perdí la noción del tiempo, el espacio, escapé de la propiocepción. Todo se magnifica. Y cuando pensé que no podía sentir más placer, me folló a cuatro patas, con fuerza y de manera salvaje mientras seguía azotándome el culo, mientras  yo me estimulaba el clítoris. Hasta que grité, aullé, me desgarré la garganta corriéndome hasta que mis piernas cedieron a un placer más que digno, dejándome tendida, tirada a mi suerte.
Y después, un sueño reparador y encantado, una mañana maravillosa de besos y canciones progres, una conversación genial de esas que se tienen pocas veces porque encontrarse con hombres que la palabra “trío” no les haga salir corriendo o pensar en porno del malo, es bastante difícil.


Y después una promesa de una cena casera.
Pero claro, no podía ser, parece ser que en mi vida nunca podía ser. Porque el que era tan promiscuo como yo ahora a dejado de serlo. Joder!! Pero qué mala suerte tengo!!

miércoles, 25 de mayo de 2011

Cumpleaños II


Cuando aún estaba recuperándome, el Maestro abandonó su miembro para saludar a un hombre que pasaba en frente nuestro. El hombre ébano (ya sé que es un típico pseudónimo pero estaba deseando poder escribirlo) se había desvanecido dejándome tendida, junto al maestro, en un sofá enfrente del jacuzzi más hortera que he visto en mi vida, sintiendo la humedad del ambiente, oyendo los gemidos de otras mujeres y viendo a otras parejas follar a escasos metros delante de nosotros.


Zaragoza no tienen nada que ver con Madrid. El barro es distinto, más espeso, más intento, más oscuro. Las noches buenas en Zaragoza supongo que serán las malas en Madrid, por lo menos a lo que gente se refiere, ¿cuántas parejas había a mi alrededor? ¿50? ¿70? Casi todo el mundo desnudo, en toalla y con chanclas. La mujer sin ligero era la excepción. Por supuesto, eso si que es igual en mi ciudad, las mujeres mucho más atractivas que las mujeres y, al contrario de lo que yo creía, incluso en Madrid llamaba la atención. Lo cual hizo que se me subiera más el ego.

Él no se paró en seco, siguió unos pasos hasta que se aseguró que se dirigía a él, mostrándole y ofreciéndole mi pecho derecho. “Éste pezón está muy solitario ¿no crees?.” Fue entonces cuando se frenó en seco y se acercó hasta mí, y se recostó a mi izquierda mientras acercó su boca a mi pecho y lo lamió con cuidado. Creo que se llamaba Miguel, y era suave y dulce, el contrapunto perfecto del hombre de ébano. Nos aseguró que nos había visto antes con Chocolate y que le habíamos puesto muy cachondo, que no podía dejar de mirarme las tetas. Todo lo dijo mientras atendía mis pechos y los compartía con el Maestro. Aún estando en Madrid casi todos los hombres se ponen nerviosos cuando les piden que atiendan al maestro, esto sí que es igual en la capi que en la ciudad del viento.

Nos contó que su pareja estaba con Chocolate, a lo que el maestro le contesto que me follara rápido que Chocolate estaba muy bien dotado pero era rápido.

Así que eso hizo, se puso un condón y fui yo la que le cabalgué, sin pudor alguno, metiéndome y sacándome su miembro del cuerpo, siento esa columna de carne dura clavándose en mí. Le besé mientras lo hacía hasta que mis piernas dieron de sí y le pidieron que me follase a cuatro patas, cosa que hizo encantado. Con la fuerza y la vehemencia de dos desconocidos que se cruzan con el único propósito de disfrutar. Todo esto mientras mi boca atendía el sexo del maestro, el cual era feliz sólo oyendo mis gemidos. Se corrió gritando y arrogo su peso en mi espalda, quedando los dos tirados en el amago de sofá. Me besó, se anudo la toalla y siguió con su camino.

Yo me quedé tendida sobre el maestro recuperando la respiración, intentando controlar mis latidos cardiacos, secándome el sudor de la frente.

Cuando recuperé el control fuimos, vestidos, a la barra. Está muy bien pensada; al hacer como ondas te obliga a enfrentarte a otra pareja lo cual nunca está mal.

Yo me había fijado en él, y en como su pequeñita y rubia novia lo controlaba, le marcaba en la distancia. Él me miraba y tonteaba, me sacaba la lengua mientras me entraba la risa por lo surrealista de la situación.

Nos escapamos al baño y él nos siguió, nos lo cruzamos de bruces cuando abrimos la puerta. Por supuesto el maestro no perdió la oportunidad de sugerirle que probara el sabor de mis pezones y él lo hizo sin problemas. Así que volvimos a perdernos en un pasillo, sin saber dónde estaba la rubita pequeñita.

No recuerdo muy bien cómo, pero sé que acabamos en una habitación llena de gente, bueno recuerdo que lo pedí yo, que fui yo la que dije de ir allí en concreto porque no hacía más que oír a gente follar, gemir, jadear y me pone tanto… Así que ahí estábamos, haciéndonos hueco entre cuerpos desnudos y sudorosos. La rubita nos miraba desde la puerta mientras yo, desnuda, masturbaba a mi maestro y lamía la polla del nuevo miembro de la ecuación. Mi maestro le dijo que la invitara a entrar, así que se acercó a mí y nos besamos mientras le agarraba los pechos (falsos y con un tacto muy desagradable por cierto) y se los apretaba con fuerza, clavándole las uñas preguntándome si sentiría algo o no. Se acercó a mi oído y me susurro que quería que me follara a su novio, que quería que se me follara a cuatro patas con fuerza, así que le ofrecí mi culo en una perfecta pompa y él se me folló con fuerza, mientras le chupaba la polla al maestro y me miraban una cantidad indefinida de personas, jadeando y gimiendo al ritmo de sus embestidas. Por supuesto mi hombre no se quedaba impasible, al contrario, animaba a la rubita a darme azotes en el culo, azotes que me resultaban tan placenteros como excitantes, todo mientras él me follaba fuerte, yo tocaba mi clítoris frenéticamente y ella me azotaba y besaba casi al unísono.

Me corrí tan fuerte que creí que me desmayaba, me corrí gritando, retumbando mi voz por todas las paredes, me corrí sintiendo la fuerza de un montón de ojos que me miraban sin descanso, me corrí como hacía tiempo que no me corría.

Y después de que la rubita se lo follara, y se corriera dentro de ella todavía con el ligero puesto. Después de que un cuarto hombre rellenara mi anatomía le pedí al maestro que, agotaba, me devolviera en un taxi a la vida real.

Un cumpleaños inolvidable, sus regalos son siempre los mejores.

lunes, 23 de mayo de 2011

Doctor Champán


No ha sido un polvo bestial, no tiene la polla más grande del mundo, ni es el que mas aguanta, pero es él, el Doctor Champán, el que me trae bombones a la guardia, el que me asegura que está deseando arrancarme el pijama para comerme los pechos, el de mucho lerele pero poco larala. Pues ya no podré decirle eso. Por fin.


Mi primer médico. Siempre será mi primer médico. Y ha sido fuerte, salvaje, corto pero intenso. Me gusta que me duela el cuello después de follar, significa que ha sido vivo.

Nos hemos besado en el sofá, casi sin hablar, hemos cruzado tres frases. Dios, que bien sabe el cabrón, tiene unos labios tan carnosos, tan grandes, parece que vaya absorberte con ellos. Empezó despacio, suave, supongo que no se atrevía a lanzarse a lo bestia, supongo que a muchas mujeres no les gusta que seas salvaje, supongo que otras lo prefieren suave, ñoño o romántico. Pero yo no, yo no soy de esas y creo que él eso se lo olía, igual que yo lo percibía en él, el olor a barro que pocas veces confundo. Así que fui yo la que marcó el ritmo, la que le dio el primer pequeño mordisco en el labio de abajo; fui yo la que se sentó sobre a horcajadas en el sofá. Me puso las manos en el culo con firmeza mientras yo sujetaba su nuca sin dejar de besarlo. Repasó, mis piernas, mi culo otra vez, mi espalda, mis hombros y se aposentó en mis pechos, como si estuviera alargando el momento de placer. Los cogió y estrujó con fuerza; no pude evitar decírselo “estabas deseando hacer eso, ¿verdad?” “Ya te lo dije ayer, y lo dijo, claro que lo dijo, alto y claro. Dejo constancia de que quería arrancarme el pijama porque estaba harto de preguntarse cómo eran mis, según él, perfectos pechos. Seguimos besándonos fuerte, él me agarraba con la garganta y la mandíbula como empotrándome, como si quisiera meterme dentro. Hubo un momento que parecía que nos retábamos a ver quién era más salvaje, obviamente no le dejé ganar eso y lo que, inicialmente habían sido pequeños mordiscos, se convirtieron en mordiscos fuertes y ansiosos. Le quité la camiseta casi se la arranque de cuajo y le agarré con fuerza la espalda. Fue él quien me metió mano primero, literalmente; estiro todo lo que pudo el brazo para, desde atrás, rozar ligeramente mi sumamente húmedo coño. Empecé a jadearle en la oreja mientras deslizaba mi mano hasta su miembro. La curiosidad que me embriagaba en ese momento mientras desabrochaba los botones de su abultada bragueta era indescriptible. Así que cuando desabroché los botones me encontré que un miembro digno, precioso, y duro como una piedra. Me arrancó el vestido y el sujetador casi al unísono y empezó a vapulear mis pechos, los mordía, lamía, absorbía, apretaba y esnifaba con pasión.

Me arrodillé delante de él, mirándole con esa cara de zorra que pongo cuando estoy tan zorra. “¿Qué me dijiste ayer?” “Que la chupo que te cagas, y además me encanta hacerlo.” Así que eso hice, desplegar mi catálogo de habilidades orales y dejarlo con la boca abierta. Me la metí en la boca hasta el final y la retuve todo lo que pude, jugué con el frenillo con toda ella dentro, la lamí por fuera mientras le miraba y levantaba las cejas, así hasta que él mismo fue el que se agachó a levantarme. La excitación se palpaba en el ambiente, subía por segundos, como su miembro pulsátil. Me levantó del suelo y volvió a tirarme en el sofá.

La forma de penetrarme con sus dedos era tan salvaje, tan fuerte; primero uno, luego dos, incluso tres, mientras mis gemidos se convertían en gritos semicontrolados. Hasta que no podía más y le dije de irnos a la cama.

Me siguió mientras me quitaba el tanga y me tiraba a la cama quedando de espaldas, se tumbó al lado mío y me dio la vuelta con rapidez mientras una de sus manos se perdía en mi coño empapado. Otra vez me penetró con sus manos con fuerza, estimulándolo todo a la vez arrancándome alaridos de placer. Me acerqué a él y volví a chuparle la polla con ansia e impaciencia, mientras él movía su cadera calvándose en mi garganta. Volvió a levantarme, me besó con fuerza y me empujó empotrándome contra la cama con fuerza.

Ya sé que lo he dicho más de una vez, pero la primera embestida es la que mejor me sabe. Y esta fue especialmente placentera, suave pero firme y directa, hasta el fondo sin cuidado. Enseguida empezó a empujar con fuerza, mientras me levantaba las piernas colocándolas sobre sus hombros para que pudiera sentirlo más dentro todavía. Le pedí que me follara fuerte, mientras le agarraba los omoplatos y le mordía los hombros, mientas palpaba su fuertes brazos. Así que aceleró clavándose hasta el fondo haciendo que me desgarrara la garganta gritando sin parar. ME avisó que se corría y yo entre jadeaos entrecortados le aseguré que yo también, mientras mi cuerpo y mi voz se partían en dos y las cosquillas inconfundibles del orgasmo se esparcían por mi cuerpo, él gritó, un grito agudo y corto mientras se desplomaba sobre mi exhausto y sudoroso. Y así permanecimos, apoyando su cara en mi vientre, acariciándole su cabeza pelada, intentando recuperar nuestra respiración, nuestros latidos.

Genial, sencillamente genial, ya me he convertido, oficialmente hablando, en una de esas enfermeras que se follan a sus adjuntos y la verdad es que estoy encantada.

 
 
p.d. sé que falta la segunda partedel cumpleaños, no se me olvida, pero esto no lo quería dejar escapar de mi memoria

sábado, 7 de mayo de 2011

Cumpleaños I

No hay mejor manera de celebrar mi cumpleaños, y eso que no es un número redondo el cumplido en 2011. No hay mejor regalo posible. Una noche de barro en Madrid. Solos los dos.


Sin palabras. Eso es lo que mejor lo define.

El hecho de estar con mi Maestro en un hotel de la Gran Vía madrileña para mí ya es suficiente. Me encanta estar con él. A veces creo que, si lo mirara desde fuera, la situación es sórdida. Me lleva tantos años… “Duerme la siesta si quieres, pero siempre en posición sexy para cuando te enfoque con la web cam”. Se podría decir que es sórdido, pero genial, excitante, distinto, enloquecedor. Estar medio dormida completamente desnuda y sentir como se levanta la funda nórdica, que casi parecía una nube, siendo consciente de que te enfoca una cámara web, no tiene precio.

Por supuesto me puse mis mejores galas, sus preferidas, con mis sandalias de tacón y mi bolso de mano. Salir de mi pequeño sótano de depravación zaragozano me gusta, pero me asusta al mismo tiempo; en mi ciudad me siento tranquila, segura, poderosa, sé que voy a destacar en la sala, pero en la capi todo eso se queda en mi inseguro bolsillo.

Ahora, el miedo me dura media hora, como la pena de que estaba vez fuéramos un número par sencillo y normal, no el magnífico y cruel tres impar. Media hora de dudas, media hora de melancolías.

Hace meses me preguntó cuales eran las diez cosas que quería hacer este año. Lo primero que le contesté sin dudar fue que quería a un negro. Sí, ya lo sé, es políticamente incorrecto, pero en el sexo todo, por lo menos lo legal, vale, y yo quería un negro. Y ese ha sido mi primer regalo.

Dos metros de chocolate. Ni si quiera puedo decir cuantos centímetros de ébano duro e incandescente me penetraron sin compasión, al principio creí que me reventaba por dentro, que se llevaba mis entrañas en cada embestida; mientras me sujetaba la cadera a cuatro patas y me embestía con fuerza, provocando ese ruido magnífico que sólo dos cuerpos cuando chocan pueden provocar. Después lo cabalgué yo, me subí encima de él y baile sobre su polla dura y tiesa, intentando no desbocarme demasiado con miedo de reventarme yo sola. Pero después de unos minutos mi cabeza ya no controlaba ni a mis piernas, ni a mis manos, ni a mis brazos, ni el ritmo de levantar y descender mi cadera. Así que me clavé en él sin poder evitar el contraste de los colores de nuestras pieles, y eso que yo ya estoy morena, que hacían una combinación perfecta mientras nuestros cuerpos chocaban; me apoyé en su pecho, clavé mis tetas contra su tórax y grité avisando que iba a levantar el viaje. Él me pidió que nos corriésemos al unísono, yo sólo pude contestarle con gritos de afirmación y excitación libidinosa. Todo esto, obviamente, aderezado por las manos del Maestro, por sus miradas lascivas, por sus besos babeantes, sus comentarios calientes. El mejor regalo de cumpleaños, sin duda alguna.

La noche no acabó ahí, ni de lejos, pero iré por capítulos como las novelas de los periódicos antiguos, que así es más interesante.

lunes, 2 de mayo de 2011

no-persona

Yo ya no soy una mujer. Ni una persona, ni roja, ni enfermera, ni laica, ni progresista, ni sexual ni sensual. Yo ya no tengo nombre, ni número de DNI, ni de la seguridad social, ni para la lencería del hospital, me han arrebatado hasta el número de la biblioteca.


Me he convertido en un objeto, inerte, inanimado, incapaz de interactuar. Soy, irremediablemente, un objeto, sexual, político, laboral, económico… de todas las características posibles.

Una marioneta. Peor un vaso. De esos horribles de tubo, que sirven para todo, el café con hielo, la caña, el refresco, para todo; pero de los que todos evitamos prefiriendo copas, vasos de culo ancho o chatos de vino.

La metamorfosis no kafkiana ha sido debida a varios factores. Rechazos demasiados. Noches de fracaso. Frases dolorosas. Rumores punzantes e insanos. Agotamiento, cansancio, desfallecimiento mental y físico. Turnos incompatibles con la vida humana. El hecho de permitir que este amor nos separe porque suponía que deberíamos haber sido inmunes a las leyes de la normalidad.

¿Dónde está la nueva yo? La que se suponía cambiada y renovada después de ese viaje, la que daría sentido a las cosas y cambiaría las prioridades. ¿Dónde coño está?

Debió quedarse atrapada en la tormenta de arena infinita.